Página del Titanic

Así se hundió

El buque más poderoso del mundo

  Al igual que sus hermanos gemelos, el Olympic y el Britannic, el Titanic fue construido por los ingenieros de la White Star Line (WSL) para disputar a sus adversarios de la Cunard el suculento negocio de los emigrantes. La estampa de los barcos de la WSL, la distribución de camarotes y salas, el lujo con que fueron concebidos y la distribución en 17 compartimentos estancos que los hacía teóricamente insumergibles, sugiere que los constructores del Titanic poseían los planos del Lusitania o del Mauretania, sin embargo las restricciones de la época obligaron a los Titanic a consumir sólo seiscientas toneladas diarias de carbón frente a las mil de los buques de la Cunard, por lo que estos fueron siempre más veloces y acostumbraban a ganar con facilidad la Blue Ribbon, un gallardete que distinguía anualmente al buque más rápido en cruzar el Atlántico Norte. Normalmente los grandes trasatlánticos esperaban a la bonanza del verano para registrar los records de velocidad y se ha sugerido que Bruce Ismay, armador del Titanic, pudo negarse a la solicitud del capitán Smith de aminorar velocidad por la presencia de hielos para poder enarbolar provisionalmente el gallardete azul a la llegada a Nueva York. Además del más lujoso, grande y seguro, el Titanic podía convertirse durante unas semanas en el buque más rápido del mundo.   

   El capitán Edward John Smith era el oficial con más prestigio de la WSL y a sus 62 años había avisado que el viaje inaugural del Titanic pondría fin a su carrera. Smith conocía el buque pues había sido capitán del Olympic, con el que había protagonizado un pequeño incidente al colisionar con el crucero Hawke en una maniobra que causó considerables daños a ambos buques. Smith quedó absuelto y con el prestigio completamente inmaculado embarcó en el Titanic como su primer capitán.

   Después de publicitarse el viaje inaugural como nunca antes se había hecho con ningún barco, el Titanic zarpó de Southampton el 10 de abril, tocó en Cherburgo para embarcar unos cuantos ricachones europeos de primera clase y se detuvo en Queenstown para recibir pasajeros de tercera, después salió rumbo a Nueva York por la derrota más directa posible, lo que le acercaba peligrosamente al cinturón de hielos. Todo fue bien hasta el domingo 14, cuando una estúpida avería en el equipo Marconi mantuvo la radio fuera de servicio durante 10 horas. Una vez reparada, Jack Phillips, radiotelegrafista jefe, se encontró con un aluvión de mensajes y una ingente cantidad de telegramas con los que los pasajeros querían anunciar a sus familiares y amigos el orgullo de formar parte del pasaje del buque de moda. Tanta carga de trabajo distrajo a Phillips de informar al capitán sobre un aviso del vapor Mesaba anunciando hielos en la derrota del Titanic, aunque a esas alturas de la travesía Smith era consciente del peligro y había ordenado descender 16 millas en la latitud de la derrota, dado que el armador Bruce Ismay no había consentido en aceptar una reducción en la velocidad. Al anochecer, un malhumorado Phillips seguía despachando telegramas cuando fue interrumpido por Cyril Evans, operador radio del Californian, que informó encontrarse por delante de la derrota del Titanic y le avisó de la presencia de grandes masas de hielo. El irritado Phillips despachó a Evans con cajas destempladas con un mensaje cuyo original se muestra hoy como una de las joyas del museo itinerante del Titanic: “Cállese, cállese, estoy ocupado con la costera de Cape Race”. A pesar del exabrupto Evans permaneció esperando una llamada de Phillips, pero a las 23:30 se cansó, apagó la radio y se retiró a descansar. Diez minutos después el Titanic chocó con un iceberg.

   En el puente Smith se sentía frustrado. En la cena había vuelto a sugerir a Ismay reducir velocidad, pero el armador no sólo se había negado sino que le había censurado tocar en la cena asuntos que podían poner nervioso al pasaje. Por si acaso el capitán se situó otras diez millas al sur, ajeno a que se estaba echando en brazos de la fatalidad. A las 22:30, tras dejar la guardia en manos del primer oficial William Murdoch, se retiró a su camarote, aunque antes, siguiendo sus indicaciones, Murdoch reforzó la guardia con vigías en el puente y en la cofa de proa. La noche especialmente clara y la mar completamente en calma se conjuraban para que los témpanos de hielo resultaran muy difíciles de ver y para colmo el oficial responsable del puente había olvidado la remesa de prismáticos en Southampton. Cuando uno de los vigías de la cofa, informó de la presencia de un témpano de hielo a 600 metros, la noticia llegó al puente donde Murdoch corrió al alerón a cerciorarse por sí mismo. A 22 nudos la distancia al iceberg era de sólo 60 segundos y aunque Murdoch reaccionó ordenando su controvertida maniobra, el Titanic tocó con la parte baja del iceberg a unos 11 nudos de velocidad.

   Smith se presentó inmediatamente en el puente y ordenó a Edward Thomas, diseñador del buque, una ronda de evaluación de daños. Unos 20 minutos después Thomas informó a Smith de que el hielo había rasgado cien metros del casco a cinco metros de profundidad, afectando a seis compartimentos. El buque estaba perdido y Thomas calculó que el hundimiento tendría lugar entre 2 y 4 horas más tarde. En ese momento la cabeza de Smith se bloqueó con una ecuación imposible: a bordo viajaban 2228 personas y los botes sólo podían alojar a 1178, lo que sentenciaba prácticamente a la mitad. Justo cuando el barco necesitaba una cabeza fría en el puente de gobierno, el capitán comenzó a deambular como un zombi. Su dejación de funciones fue la causa principal de la pérdida de cerca de quinientas vidas más de las que ya estaban irremediablemente sentenciadas.

   En la caseta radio, Jack Phillps, que había actuado de modo tan inconsciente al ignorar los avisos de los hielos, comenzó a enviar señales de socorro CQD. El barco más próximo era el Californian, pero su operador había apagado el equipo Marconi y no pudo recibir sus agónicas llamadas. Hoy se calcula que en el momento del siniestro el Californian debía estar a unas diez millas del Titanic (media hora), pero cuando el oficial de guardia avisó al capitán en su camarote de que desde el Titanic estaban lanzando bengalas blancas, la señal de socorro de la época, éste lo despachó con un despectivo “Esos buques y sus fiestas…” Más tarde, cuando se apagaron los generadores del Titanic el oficial volvió a avisar al capitán, pero este le reconvino diciendo que era costumbre de ese tipo de barcos apagar las luces para enviar a la gente a los camarotes.

   El Olympic si recibió la señal de socorro, pero el gemelo del Titanic estaba a 500 millas y no pudo hacer nada por ayudar al hermano en su agonía. El Carpathia, irónicamente un buque de la Cunard, la compañía a la que la WSL había querido desbancar, estaba a 58 millas y puso proa a la zona a toda velocidad, pero cuando llegó el Titanic ya se había hundido dejando un campo espectros flotantes y botes a la deriva con el telón de fondo de un enorme y siniestro témpano de hielo. El Carpathia recuperó 705 supervivientes que llevó hasta Nueva York, donde las familias aguardaban con la esperanza de que sus seres queridos se encontraran a bordo.

   Los que no encontraron a sus seres queridos entre los supervivientes volvieron sus ojos a la WSL esperando una respuesta, y la naviera se aprestó a enviar al escenario de la tragedia a un grupo de embalsamadores a bordo del Mackay-Bennet, un buque que recuperó centenares de cuerpos, los fotografió y etiquetó, devolviendo al mar los que se encontraban en avanzado estado de descomposición. De los 190 cadáveres desembarcados en Halifax, setenta fueron entregados a sus familiares que los inhumaron en diferentes cementerios de acuerdo con sus confesiones y el resto fueron enterrados en un ala del cementerio Fair View de Halifax, motivo de innumerables leyendas desde la llegada de los ahogados y que recientemente ha vuelto a la actualidad con motivo de la tumba 227, cincelada en el granito como correspondiente a un tal J. Dawson, cuya asociación con el Jack Dawson de la película de Cameron interpretado por Leonardo di Caprio ha hecho que la tumba cuente hoy sus visitantes por millares.

   La del Titanic es la historia del lujo y la arrogancia de los pasajeros de primera clase entremezclada por razones de necesidad con la pobreza y la penuria de los de tercera, una historia en la que la desgracia se entreteje con la fortuna a partes iguales hasta conducir a un caleidoscopio de pasiones humanas del que se desprenden infinitas historias paralelas a la principal por todos conocida. La suerte final del barco se decidió instantes antes de que iniciara su última singladura a las profundidades. Desde los botes los náufragos coincidieron en que el buque insumergible levantó la popa al cielo antes de hundirse definitivamente, pero hoy sabemos que justo en ese instante el casco no aguantó la extraordinaria torsión y se partió en dos por debajo del agua, momento a partir del cual la proa planeó durante 15 minutos hasta posarse suavemente en el fondo, gracias a lo cual la pieza es hoy perfectamente reconocible. Lo de la popa fue diferente, pues era la zona que albergaba las máquinas y otros compartimentos pesados, de manera que cuando se desprendió de la proa cayó como un plomo y la presión de los compartimentos que conservaban aire la fue comprimiendo hasta el punto de que hoy yace prácticamente irreconocible a 800 metros de la proa. 

   Una historia como la del Titanic, tejida a base de muerte, misterio y espíritu de supervivencia, no encuentra mejor epílogo que la evocación de Violeta Jessop, una argentina hija de emigrantes irlandeses cuya familia se vio obligada a regresar a Irlanda tras la muerte del padre. Una vez en la isla Violeta, de sólo 16 años, se empleó como camarera en la WSL pasando destinada a bordo del Olympic. Cuando el buque colisionó con el Hawke, Violeta fue una de las elegidas por el capitán Smith para formar parte de su equipo a bordo del Titanic. La fría noche del hundimiento ocupó su asiento en el bote correspondiente y justo antes de ser arriado, Murdoch se le acercó y le entregó un bebé al que mantuvo vivo con el calor de su cuerpo durante las ocho horas que transcurrieron hasta que fueron recuperados por el Carpathia, momento en que una mujer se le acercó, le arrebató el bebé y desapareció apresuradamente. Nunca supo quién era ninguno de los dos. Tras su regreso a Inglaterra y después de un curso acelerado de enfermería, Violeta fue destinada al Britannic, el otro gemelo, convertido en buque hospital a causa de la guerra. En uno de sus viajes al Mediterráneo, el Britannic tocó con una mina al sur de Grecia y mientras el capitán intentaba vararlo en la playa a toda velocidad, algunos tripulantes trataron de abandonarlo y 29 de ellos murieron cuando sus botes fueron triturados por las hélices. Violeta estuvo a punto de ser uno de ellos, pero saltó al agua y fue rescatada en el último suspiro.

   A pesar de su trágica experiencia Violeta continuó navegando hasta la jubilación, momento en que se retiró a vivir al campo. Era una anciana cuando recibió la llamada de una mujer que se identificó como el bebé que había sostenido en sus brazos la tenebrosa noche del Titanic. La voz anónima dijo querer agradecer sus cuidados en el bote, aunque no se identificó.

  Poco antes de morir, Violeta expresó que su última y única voluntad era descansar en la campiña inglesa alejada del mar. No es mal epílogo para una historia tan triste y majestuosa al mismo tiempo.

Héroes y villanos

  La mayoría de los hombres ahogados o desaparecidos murieron como exigían las leyes de la caballerosidad de la época, pero cada uno de ellos tuvo un guion diferente a los demás, que no siempre ha sido respetado justamente por la posteridad. William Murdoch pudo cometer un error al ordenar su maniobra para sortear al iceberg, pero es la maniobra que hubieran ejecutado la mayor parte de oficiales de los barcos. Una vez que supo que el barco se hundía pasó a comportarse de forma heroica y si el capitán Smith hubiera delegado en él de forma oficial en vez de comportarse como un zombi probablemente se hubieran salvado más pasajeros. Sus descendientes denunciaron a la Fox cuando James Cameron lo presentó en su película como un oficial corrupto que terminaba disparando al pasaje y la productora pidió disculpas y construyó un colegio en su pueblo natal que lleva su nombre. Edward Thomas, el diseñador del barco, tuvo también un comportamiento notable. Nadie como él sabía que l barco estaba condenado y dedicó sus últimas horas a ayudar a los más necesitados a ganar la cubierta de botes, donde se puso a disposición de los oficiales. El capitán Edward Smith se vino abajo cuando más necesaria era su ejercicio del mando y su dejación de funciones costó un número importante de vidas humanas, sin embargo legó a la posteridad una frase lapidaria: El capitán se hunde con su barco, que dio a su muerte un aire romántico que le permitió pasar a la posteridad como uno de los héroes de la amarga noche del Titanic. Jack Phillips se levantó con mal pie aquel trágico domingo de abril y de haber prestado atención al telegrafista del Californian quién sabe si el Titanic se hubiera salvado. Una vez que el barco quedó a la deriva estuvo enviando señales de socorro hasta que se le ordenó abandonar el barco, orden que ignoró para continuar trasmitiendo hasta que el Titanic se quedó sin generadores y su equipo sin dinamo. Entonces quiso ponerse a salvo pero alguien le había robado el chaleco. Igual que los de Murdoch, Thomas y el capitán Smith, su cadáver nunca apareció y aunque su memoria fue mancillada cíclicamente, su compañero Harold Bride, que sobrevivió al hundimiento, salió siempre en defensa de su conducta.

   La del Titanic es también una historia de villanos. Stanley Lord, capitán del Californian, pasó el resto de su vida intentando explicar una teoría según la cual el barco que se encontraba cerca del suyo no era el Titanic. La comisión consideró su falta de dinamismo cercana a la negligencia y la compañía armadora del Californian renunció a sus servicios. Pasó el resto de su vida carcomido por los remordimientos y su reputación quedó hecha pedazos. Ha pasado a la historia como el hombre que pudo salvar al Titanic. Pero si hay un rey de los villanos en esta historia, ese es Bruce Ismay, al que la historia considera un canalla. El armador del Titanic no sólo se opuso a la recomendación del capitán Smith de reducir velocidad en una zona salpicada de témpanos de hielo, sino que en el momento del hundimiento y contra la conducta general de los hombres a bordo, reclamó su derecho a embarcar en los botes como ocupante de una de los suites de lujo del trasatlántico. Tras su desembarco en Nueva York, Ismay fue salvajemente criticado por la prensa que le obsequió con el poco honroso mote de “Brute” Ismay. Durante años era corriente encontrar en los periódicos ingleses y norteamericanos todo tipo de caricaturas que apelaban a su cobardía. Incapaz de soportar la tensión renunció a la vida pública y se retiró a la campiña inglesa.

 

Los ricos también lloran

   Se ha dicho respecto al Titanic que aquella noche la muerte se cebó especialmente con los pasajeros de las clases más desfavorecidas, aportando como dato concluyente que sólo uno de cada cuatro pasajeros de tercera consiguió sobrevivir, pero lo cierto es que sólo uno de cada cuatro personas tanto de la tripulación como de cualquier clase de pasaje consiguió llegar a Nueva York a bordo del Carpathia y como botón de muestra cabe señalar que a pesar de que podían haber exigido el derecho a embarcar en los botes, recogido en sus pasajes de primera clase, excepto Bruce Ismay, ninguno de los pasajeros considerados como los más elitistas salvó la vida.

  El más rico a bordo era John Jacob Astor, un coronel en la reserva heredero de una inmensa fortuna. Con 47 años, Astor sacudió los cimientos de la sociedad norteamericana cuando se divorció de su mujer para casarse con Madeleine Talmage, una joven de 18 años. Para escapar a la presión viajó a Europa, pero decidió regresar cuando Madeleine quedó embarazada. Después de la colisión el iceberg, Astor siguió la costumbre de los caballeros de la época y cedió su sitio en el bote a las mujeres y se dedicó a ayudar a los oficiales poner orden a bordo, su cuerpo fue recuperado por el Mackay-Bennet deformado y cubierto de hollín, lo que coincide con la versión de que fue arrollado por una de las chimeneas en los momentos finales. Madeleine consiguió llegar a Nueva York y su hijo heredó una fortuna impresionante. A partir de enviudar su vida fue un auténtico folletín, pero esa es otra historia.

  Otro de los millonarios era Isidor Straus, copropietario de los famosos almacenes Maceys. Isidor, de 67 años, viajaba con su mujer invitado por sus hijos para celebrar su jubilación. Cuando sobrevino la tragedia acudieron a los botes e Isidor cedió su sitio. Ida dijo entonces que habían permanecido juntos cerca de 50 años y que no lo abandonaría en esos momentos, de manera que cedió su sitio también y ambos se dedicaron a esperar la muerte con la mayor resignación. El cadáver de Isidor fue recuperado por el Mackay-Bennet, pero Ida desapareció para siempre.

  Benjamin Guggenheim era un playboy de la época. Casado en los Estados Unidos vivía en la opulencia en París donde dilapidaba la fabulosa fortuna heredada de su padre, un magnate de la metalurgia. Guggenheim viajaba con su amante y cuando se produjo el desastre se presentó en los botes y cedió su sitio. Entonces regresó a su camarote, se puso un frac y se fue al fumador a escuchar a los músicos mientras se fumaba un puro. Su cuerpo nunca fue encontrado.

   Wallace Hartley no era rico, al menos en dinero, pero su figura salió tan enriquecida aquella noche que hoy da nombre a multitud de auditoriums y salas polifónicas; Hartley  era el director de la banda de música que tradicionalmente amenizaba las veladas en el fumador de primera clase y que la noche del desastre se mantuvo tocando en su lugar habitual hasta que tuvo que desplazarse a cubierta, donde siguió tocando hasta el final. El cadáver de Hartley fue recuperado junto a un neceser de cuero que conservaba la mayoría de las partituras de la banda. Su cortejo fúnebre en Lancashire fue seguido por más de cuarenta mil personas. Durante años las mejores orquestas del mundo se disputaron el honor de tocar para los supervivientes intentando descubrir cuál fue la última pieza ejecutada, lo que continúa siendo un misterio. Héroe para todos los ingleses, la WSL reclamó y cobró a sus herederos el valor del uniforme que llevaba en el momento de su muerte.

 

La controvertida "Maniobra Murdoch"

  El día de la botadura del Titanic y tras romper en su amura la oportuna botella de champán, contra lo esperado el buque no echó a rodar e hicieron falta tres toneladas de sebo y jabón hasta que al fin se decidió. Luego, una vez en el agua, hicieron falta tres anclas de 500 toneladas para pararlo. El Titanic era un buque al que costaba tanto arrancarlo como pararlo, y sin embargo cuando se encontró frente a frente con el iceberg, el que se hundiera fue una cuestión de verdadera mala suerte en las que, además de la famosa “Maniobra Murdoch”, intervinieron otros dos agentes a los que muchos se han referido como  defectos de construcción.

  El casco del Titanic, sencillo a diferencia de su gemelo el Britannic, que era doble, estaba hecho con una aleación a base de impurezas de magnesio que lo hacían más flexible pero extremadamente quebradizo a medida que bajaban las temperaturas y la noche de su hundimiento el termómetro marcaba un solo grado. Por otra parte siempre se ha discutido el tamaño del timón, que muchos han considerado demasiado pequeño en comparación con las dimensiones y desplazamiento del gigante de los mares. Aunque hoy ni el timón ni el casco superarían las pruebas de control de calidad, a principios del siglo XX su diseño obedecía a lo mejor de la época.

   Los serviolas de la cofa divisaron el témpano de hielo a 600 metros, avisaron al puente y el oficial subalterno informó inmediatamente a William Murdoch, primer oficial, el cual corrió al alerón a cerciorarse por sí mismo, ordenando a continuación caer a babor con todo el timón y dar atrás emergencia con toda la máquina, tras lo cual el barco comenzó a caer a babor, pero la fuerza de caída fue menor conforme las hélices se paraban y a partir de que se quedaron paradas y comenzaron a girar a la inversa el efecto del timón fue prácticamente nulo, si no contraproducente. El resultado fue que la proa sorteó el obstáculo, pero no el casco que debido a su construcción y a la velocidad vio rasgado seis de sus compartimentos estancos, lo que le condenó al hundimiento.

  Murdoch tuvo muy mala suerte. Cuando supo de la existencia al iceberg, a 22 nudos puede establecerse que la distancia al mismo era de 60 segundos y que reaccionó a unos 50. De haberlo hecho antes es muy probable que el casco hubiera pasado cerca, pero franco de las cortantes aristas del trozo de hielo y de tocarlo quizás sólo se hubieran visto afectados dos o tres compartimentos, con lo que el barco se hubiera salvado; pero es que de haberse tomado más tiempo o no haber tocado el timón, el Titanic hubiera encajado el golpe en la proa reforzada y tampoco se hubiera hundido. El material con que estaba hecho el casco, el frío de la noche, el timón, la “maniobra Murdoch” y sobre todo, la excesiva velocidad, se conjuraron aquella fatídica noche para enviar al Titanic al fondo del mar.

  La maniobra Murdoch se ha discutido y se sigue discutiendo en los puentes de todos los barcos y en las aulas de maniobra de todas las escuelas de navegación. William Murdoch era un marino experimentado y su sangre fría al timón sirvió para que el Arabic saliese airoso de una más que probable colisión diez años antes. La maniobra que ejecutó en el puente del Titanic es la misma que hubieran ordenado la mayoría de oficiales con oficio.

 

1523 vidas por una llave

  Una de las muchas historias del Titanic que ha salido a flote al rebufo del centenario de su hundimiento es la de una sencilla llave del tamaño de un dedo meñique que pudo, en su día, haber salvado la vida de las 1523 víctimas del naufragio más emblemático de todos los tiempos.

  El capitán Smith no llegó solo al Titanic, pues lo hizo acompañado de un pequeño equipo de su confianza en el que se contaban algunos oficiales. La llegada a bordo de estos oficiales propició el desembarco de otros y la transferencia de ciertas responsabilidades entre ellos. Uno de los oficiales desembarcados fue David Blair, que entregó el destino a Charles Lightoller cuando este fue desplazado del cargo de primer oficial con la llegada de William Murdoch, que, procedente del Olympic, formaba parte del equipo del capitán Smith.

  Entre otras cosas, Blair debió hacer entrega a Lightoller de la pequeña llave que abría el armario del cuarto de derrota en el que se guardaban los prismáticos del personal de guardia en el puente y en los puestos de vigílancia exterior.

  Alguien a bordo hizo circular la noticia de que los prismáticos se habían quedado en Southampton y a nadie se le ocurrió forzar la puerta del armario del puente en el que todavía deben permanecer a fecha de hoy. Durante la corta travesía del Titanic de sólo cuatro días y medio, los vigías en las cofas tuvieron que escrutar la superficie del mar sin ayuda de una herramienta que podía multiplicar por tres la visibilidad, de forma que el iceberg con el que finalmente colisionó el barco pudo ser avistado a una milla de distancia en lugar de los 600 metros a los que lo vio Frederick Fleet desde la cofa de proa.

  ¿Significa esto que de no haberse producido el olvido el Titanic se hubiera salvado? No necesariamente. En el puente había prismáticos de propiedad particular, alguno de los cuales fue rescatado del fondo del mar por la expedición Ballard, y lo que no vieron los ojos de Frederick Fleet hasta tenerlo a 600 metros tampoco fue visto por ninguno de los dos oficiales en el puente, y ambos tenía prismáticos.

  El caso es que Blair se quedó en tierra con la llave en el bolsillo y cuando supo de lo sucedido al Titanic decidió conservarla. Interrogado por la comisión investigadora del accidente, Blair se limitó a encogerse de hombros y descargó la responsabilidad del naufragio en el capitán por la excesiva velocidad del barco en el momento del impacto con el enorme trozo de hielo.

  A su muerte, Blair cedió la llave a su hija Nancy que con el paso del tiempo terminó donándola a una sociedad de marineros sin recursos, la cual ha decidido ahora aprovechar el tirón del centenario del naufragio para subastarla y crear becas para los jóvenes aspirantes a marinos. Se cree que la llave puede alcanzar un precio de 70.000 libras, algo más de cien mil euros.

 

Una superviviente tozuda

   Una historia como la del Titanic, tejida a base de muerte, misterio y espíritu de supervivencia, no encuentra mejor epílogo que la evocación de Violeta Jessop, una argentina hija de emigrantes irlandeses cuya familia se vio obligada a regresar a Irlanda tras la muerte del padre. Una vez en la isla Violeta, de sólo 16 años, se empleó como camarera en la WSL pasando destinada a bordo del Olympic. Cuando el buque colisionó con el Hawke, Violeta fue una de las elegidas por el capitán Smith para formar parte de su equipo a bordo del Titanic. La fría noche del hundimiento ocupó su asiento en el bote correspondiente y justo antes de ser arriado, Murdoch se le acercó y le entregó un bebé al que mantuvo vivo con el calor de su cuerpo durante las ocho horas que transcurrieron hasta que fueron recuperados por el Carpathia, momento en que una mujer se le acercó, le arrebató el bebé y desapareció apresuradamente. Nunca supo quién era ninguno de los dos. Tras su regreso a Inglaterra y después de un curso acelerado de enfermería, Violeta fue destinada al Britannic, el otro gemelo, convertido en buque hospital a causa de la guerra. En uno de sus viajes al Mediterráneo, el Britannic tocó con una mina al sur de Grecia y mientras el capitán intentaba vararlo en la playa a toda velocidad, algunos tripulantes trataron de abandonarlo y 29 de ellos murieron cuando sus botes fueron triturados por las hélices. Violeta estuvo a punto de ser uno de ellos, pero saltó al agua y fue rescatada en el último suspiro.

   A pesar de su trágica experiencia Violeta continuó navegando hasta la jubilación, momento en que se retiró a vivir al campo. Era una anciana cuando recibió la llamada de una mujer que se identificó como el bebé que había sostenido en sus brazos la tenebrosa noche del Titanic. La voz anónima dijo querer agradecer sus cuidados en el bote, aunque no se identificó.

   Poco antes de morir, Violeta expresó que su última y única voluntad era descansar en la campiña inglesa alejada del mar. No es mal epílogo para una historia tan triste y majestuosa al mismo tiempo.

 

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patricia sabido vazquez | Respuesta 20.01.2014 17.46

Preciosa la historia del titanic,muchas gracias por contarmela en persona y ahora puedo disfrutar leyendola.un beso.

Luis 24.01.2014 22.40

Muchas gracias! Me alegro mucho de que te haya gustado. Bss

Pedro Maya Galan | Respuesta 12.03.2013 14.58

Me gusta mucho esta historia....al leerla, la vives con intensidad. Gracias.
Un abrazo,P Maya.

Luis 12.03.2013 15.16

Me alegro mucho de que te guste. Un abrazo

Luis | Respuesta 21.06.2012 18.39

Muchas gracias Pepe! Un abrazo

Pepe | Respuesta 21.06.2012 18.04

Una vez más me ha encantado leer esta historia, aunque en directo y presentada por tí gana mucho más.
Pp Piñero

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Comentarios

18.04 | 12:56

Lo siento mucho Isabel. Un saludo

...
18.04 | 12:56

Muchas gracias y la enhorabuena a tu cuñado de mi parte. Un saludo

...
18.04 | 09:49

Muy conmovedor el relato del naufragio del Guadalete;hoy he conocido la historia por mi cuñado.su padre sobrevivió gracias a Dios

...
06.04 | 18:58

Completamente de acuerdo. Chapó a la Comandancia Naval de Ceuta! Un abrazo

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