La tragedia más cruel

El final de la Guerra Civil en Cartagena

Cuando cursaba el bachillerato en el Colegio de Huérfanos de la Armada en Madrid, cada seis de marzo 6 nos reunían a los chavales en la capilla para asistir a una misa por los 788 muertos del “Baleares”. Sin embargo, al día siguiente, cuando pensaba que debería celebrarse otra por los 1477 del “Castillo Olite”, la efemérides pasaba desapercibida todos los años. Para mí aquello representaba un misterio, máxime cuando venía de vivir en Cartagena, precisamente en la Muralla del Mar, y desde la terraza de casa mi padre me señalaba en ocasiones un punto impreciso en el mar en cuyos fondos habían perdido la vida aquellos hombres. ¿Por qué no se honra ni se honró nunca como merecían a la víctimas del “Olite”? Intentemos penetrar en esa misteriosa capa de bruma.

La tragedia del Castillo Olite (1 de 4)

En la mañana del 7 de marzo de 1939, hace ahora 82 años, el vapor “Castillo Olite” se acercaba confiadamente a la bocana del puerto de Cartagena. En sus bodegas 2112 soldados esperaban ansiosos el desembarco en una ciudad que creían ganada al enemigo y en la que pensaban que iban a desfilar para celebrar el ansiado final de la guerra. El silbido cercano de un proyectil debió llenarles el corazón de congoja y, poco después, un segundo disparo penetraba en el pañol de municiones y desgarraba al buque, que tardó sólo unos minutos en hundirse con el triste balance de 1477 soldados muertos, en lo que constituye la peor tragedia de la España marítima contemporánea y el minuto más luctuoso de la Guerra Civil. A pesar de la dimensión de la tragedia, el suceso sigue envuelto en brumas y apenas es conocido por los españoles por lo poco que se ha querido divulgar.

Construido en Holanda y tras contar con diferentes propietarios, en 1938 el buque fue requisado por la Marina Nacional frente a Gibraltar con contrabando de guerra. Desde entonces pasó a prestar servicio a los nacionales como buque de transporte, hasta que en los primeros días de marzo del 39 se le ordenó cargar en Castellón un contingente militar para transportarlo a Cartagena como parte de una gigantesca fuerza expedicionaria de 30 buques y 25.000 hombres a las órdenes del vicealmirante Francisco Moreno. En realidad la llamada “Expedición Cartagena” era un gigante con pies de barro, pues, faltos de capacidad de desembarco, los buques sólo podían descargar los soldados en un puerto ganado al enemigo. Además de su escasa velocidad, en ese momento el “Olite” incorporaba otro inconveniente militar grave: no tenía radio.

Para entonces la República era un globo que se deshinchaba rápidamente, así que el presidente Negrín decidió ponerla en manos de los comunistas por considerar que en unos momentos tan difíciles eran los únicos capaces de defenderla. Cartagena era su principal bastión militar, al constituir la base de la Flota, un conjunto de buques muy poderoso al mando del almirante Miguel Buiza. Como en otras ciudades, una quinta columna, el “Socorro Blanco”, trabajaba subterráneamente en Cartagena al servicio de Franco.

Para consolidar la ciudad como el principal bastión militar republicano, Negrín la puso al mando del coronel Francisco Galán, de conocida filiación comunista, el cual se presentó en Capitanía la noche del sábado 4 de marzo acompañado de Artemio Precioso, comandante al mando de la afamada Brigada 206, la cual dejó acampada a las afueras de la ciudad, la mitad en Santa Lucía y la otra mitad en Los Dolores. Una vez efectuado el relevo de Galán, llegaron noticias a Capitanía de que en la calle se estaba deteniendo a la gente en nombre de Franco, momento en que Galán fue hecho prisionero, aunque Precioso consiguió escapar aprovechando la oscuridad de la noche.

Hacia las ocho de la mañana del domingo 5 se hizo patente la figura del general de IM José Barrionuevo, cabeza del “Socorro Blanco”, que se puso al frente de las tropas sublevadas tomando dos decisiones de forma inmediata: comunicar la situación a Burgos y dar a la Flota un plazo de cuatro horas para abandonar el puerto, so pena de ser bombardeada por las baterías de costa. Buiza aceptó la retirada con la condición de que le entregaran a Galán, lo que se cumplimentó, y hacia el mediodía el último buque republicano abandonaba Cartagena.

Durante las siguientes horas, Barrionuevo siguió insistiendo a Franco en que tenía el control de la ciudad, advirtiendo que necesitaba urgentemente apoyo militar para consolidarlo. Fue entonces cuando desde Burgos se ordenó la salida de la fuerza expedicionaria y el “Olite” fue enviado a Castellón para embarcar una fuerza compuesta por dos batallones de Infantería, un grupo de artillería, un cuerpo jurídico con la misión de hacerse cargo de los juicios sumarios y más de 200 personas sin identificar, entre las que parece que había un grupo de enfermeras, novias de algunos combatientes. La mayor parte de los soldados que viajaban en las bodegas eran gallegos y la travesía transcurrió en un clima festivo con música de gaitas y abundantes cajas de vino.

Falto de radio, el alférez de navío Eugenio Rodríguez Lazaga, superior autoridad naval a bordo del “Olite”, recibió las órdenes en un sobre a la salida de Castellón. Básicamente estas se resumían en navegar alejados de la costa para evitar a la aviación y esperar frente a Cartagena nuevas órdenes para proceder. Subrayado aparece un "no entrará en la ciudad bajo ningún concepto a menos que reciba órdenes concretas…"

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Castillo de Olite. Un carguero con mala suerte.

 

Las últimas millas

Mientras los barcos de la Expedición Cartagena cargaban las fuerzas asignadas en diferentes puertos del Mediterráneo, en Palma de Mallorca Moreno se hacía a la mar en su buque de mando “Mar Cantábrico” para estudiar los posibles accesos a Cartagena, encontrando que los tres puntos en los que veía factible un desembarco (Cabo de Palos, Mazarrón y Portmán) habían sido tomados por Precioso, que al frente de la 206 había iniciado la reconquista de la ciudad. Tras comunicar la situación, desde Burgos se dio la orden de abortar la operación y los buques recibieron la de alejarse más allá del alcance de las baterías de costa. Todos menos el “Olite” que, sin radio y ajeno a los últimos acontecimientos seguía acercándose lenta y confiadamente a su hora más amarga.

Frente a Cartagena, el “Olite” amaneció rodeado de bancos de niebla y sin ningún buque a la vista. A bordo, los mandos militares del ET convencieron a Lazaga de que el resto de buques debían estar atracados a los muelles de la ciudad, ya que, siendo ellos los más lentos debían haber sido los últimos en llegar. A la entrada al puerto, desde la batería de Aguilones el viento trajo los típicos cantos militares franquistas. Ayudado por unos prismáticos, Lazaga vio que los soldados ondeaban banderas nacionales. Daba la sensación de que efectivamente Cartagena había caído y, desoyendo las instrucciones de Moreno  de no entrar sin órdenes concretas, mandó enfilar el puerto.

Para acceder a Cartagena desde la mar hay que dejar unas altas peñas a cada lado, a estribor la mencionada de Aguilones, y a babor la de la Parajola, dotada igualmente con cuatro potentes baterías Vickers de 6 pulgadas. En realidad, y para desgracia del “Olite”, a esas alturas la 206 había recuperado la ciudad prácticamente al completo, incluyendo la batería de la Parajola, pero no la de Aguilones, que estaba a punto de caer cuando sus soldados vieron aparecer al “Olite”, saludándolo con entusiasmo pensando que se trataba de la punta de lanza de la ayuda que venía en su socorro. Con el buque enfilando la entrada a la ciudad, un hidroavión Heinkel 60 apareció en vuelo rasante, alabeando al sobrevolarles. Su aparición fue jaleada con vítores mientras los soldados en cubierta arrojaban al aire sus gorras en señal de júbilo. En realidad, el piloto se estaba jugando la vida para advertirles de que se estaban metiendo en la boca del lobo.

La batería de la Parajola se había sublevado con Barrionuevo igual que el resto de la ciudad, pero el capitán Cristóbal Guirao, a las órdenes de Precioso, la acababa de reconquistar para la República. Cuando vio surgir al “Olite” de entre los campos de niebla, Guirao dio orden a Antonio Martínez Pallarés, capitán al mando de la batería, de disparar sobre el transporte de tropas. Pallarés dudó; la guerra estaba a punto de terminar y sabía que con esa orden de fuego terminaría ante un pelotón de fusilamiento. Por otra parte, era consciente de que el “Olite” estaba a punto de rebasar el límite del ángulo de tiro de la batería, de manera que remoloneó hasta que el telemetrista cantó que el barco estaba fuera de límites, lo que aumentó la ira de Guirao.

El capitán de artillería José Virgili era murciano y conocía la ciudad, de modo subió al puente para ver la entrada del barco a puerto. Fue quien reconoció banderas republicanas en el gobierno militar y el hospital naval, gritando que era una trampa. Justo entonces recibieron fuego de los cañones de bajo calibre de la batería de San Leandro, junto a la Curra, momento en que Lazaga ordenó virar urgentemente para salir a mar abierto, volviendo a meter inconscientemente al barco dentro de los límites de tiro de la Parajola. Allí Guirao gritó varias veces a Pallarés que disparara hasta que, viendo sus dudas, desenfundó su arma y la apoyó en la frente del jefe de la batería, ordenándole abrir fuego con una orden que ha quedado para los anales: "Capitán, los honores son suyos, pero la responsabilidad es mía; si no dispara usted, lo haré yo…". Y Antonio Martínez Pallarés dio la orden de fuego.

El primer proyectil quedó largo, pero el segundo penetró en la bodega donde iban almacenadas las municiones; el barco reventó por dentro y se hundió en pocos minutos. A bordo se vivieron escenas de pánico. La explosión causó muchos muertos y lanzó docenas de soldados al mar, con excepción de los que viajaban en las bodegas, pues dado lo estrecho de la abertura de acceso sólo unos pocos pudieron abandonarlas. En aquella época la mayoría de los hombres no sabían nadar y muchos de ellos, con los miembros quebrados por la explosión, no podían mantenerse a flote. Con el barco hundido a 20 metros de profundidad los palos sobresalían espectralmente del agua y algunos desgraciados se agarraban a ellos como tabla de salvación, sin embargo, conforme el buque se iba asentando en el fango la longitud del palo menguaba proporcionalmente. En la lucha por la supervivencia se escucharon algunos disparos. El saldo final fue de 1.477 hombres muertos, la mayoría ahogados en las bodegas, 342 heridos y 293 supervivientes que fueron hechos prisioneros y concentrados en la localidad vecina de Fuente Álamo…

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Foto icónica del palo del buque señalando la tumba de 1477 soldados.

 

Perdidos en la Memoria

 

Ochenta y dos años después del desastre resulta muy difícil establecer las correspondientes cuotas de responsabilidad, aunque sí se pueden parcelar las decisiones de cada uno de los participantes en el desastre de manera que cada cual pueda sacar sus conclusiones.

Desde luego Franco tiene su parte de culpa. Era el jefe de las fuerzas nacionales y además fue el que dio la orden de poner en marcha la operación que terminó con el “Olite” en el fondo del mar. En su descargo hay que decir que la puesta en marcha de la Expedición Cartagena se sustentó en la agónica petición de fuerzas de Barrionuevo, una vez que este se levantó contra la República y se encontró que no tenía soldados suficientes para oponerse a la brigada 206 de Precioso.

Por su parte, el general Barrionuevo tiene también su cupo de implicación, ya que desde el momento de su sublevación hasta el de su detención estuvo transmitiendo a Franco que tenía el control de la ciudad, lo que dejó de ser cierto a las pocas horas, en cuanto Precioso se lanzó con la 206 a recuperarla. Los hombres de Precioso estaban mucho mejor preparados para el combate, pues venían de participar en las batallas más importantes, mientras que sus adversarios no habían disparado un solo tiro en toda la guerra. Sintiendo en la nuca el aliento de Precioso, Barrionuevo acometió una huida hacia adelante e insistió a Franco en que mantenía el control de la ciudad. Se comunicaba desde la radio del submarino C-2, en la seguridad relativa del Arsenal; sabía que el almirante Buiza le escuchaba y que si la Flota republicana regresaba, los barcos que Franco acababa de enviar en su ayuda estarían irremediablemente perdidos. Quiso engañar a Buiza, pero engañó a Franco.

Oficiosamente, aunque de forma soterrada, la responsabilidad del desastre cayó sobre los hombros del vicealmirante Moreno, al mando táctico de la Expedición Cartagena, aunque, en realidad, tuvo mucha menos culpa de la que se quiso hacer ver. Le dieron una fuerza colosal, pero sin ninguna posibilidad de desembarcar en una Cartagena controlada por Precioso. No obstante, la sincronización que hizo su estado mayor de la salida de los barcos hacia Cartagena fue tan precipitada que condenó al “Olite” a navegar en solitario y sin comunicaciones. De haberlo hecho junto a otro barco capaz de pasarle señales por banderas se habrían enterado de la orden de retirada dictada desde Burgos y el “Olite” no se hubiera hundido.

El alférez de navío Lazaga decidió entrar en Cartagena sin haber recibido instrucciones concretas como le había ordenado Moreno por escrito, lo cual le hace dueño también de una parte de la responsabilidad, aunque al despuntar el día, sin un solo barco a la vista ni radio por la que recibir las órdenes pertinentes, hizo lo que le dictó el sentido común, máxime cuando las banderas que veía ondear en la batería de Aguilones parecían invitarle a una decisión que a la postre resultó un grave error.

Oficialmente se hizo responsable a Martínez Pallarés, jefe de la batería de la Parajola y ejecutor material del disparo que hundió al barco. Al menos así parece sugerirlo el hecho de que fuera fusilado en 1941, el mismo día y a la misma hora en que se hundió el “Olite”. Cierto que Pallarés dio una orden que a la postre costó 1.477 vidas, pero es cuestionable que pudiera no haberla dado con el frío cañón de una pistola apoyado en su frente.

La sincronización de elementos humanos y sus decisiones me lleva a pensar en la novela de Agatha Christie, magistralmente llevada al cine, “Asesinato en el Orient Express”. Detenido el tren en las estribaciones de una montaña turca por culpa de una copiosa nevada, un millonario norteamericano aparece muerto en su compartimento a primera hora de la mañana. Las pesquisas del inteligente detective Hércules Poirot conducen a la solución del caso, concluyendo que son varios a bordo del tren los que tenían cuentas pendientes con el americano y todos entraron en su compartimento aquella noche para acuchillarlo.

Estableciendo un símil con la popular película, en el caso del “Olite” fueron varios también los que de alguna manera intervinieron en el final del desafortunado barco con mayor o menor cuota de participación, pero, volviendo al tren, a pesar de que a lo largo de la noche fueron varios pasajeros los que acuchillaron al americano en la nevada montaña turca, hay que admitir que sólo uno lo mató y que el resto, antes y después, acuchillaron un moribundo o un cadáver, por lo que, aplicando la misma ecuación al “Olite”, tuvo que haber un personaje responsable principal de su hundimiento con independencia de otras responsabilidades menores a cargo de los participantes mencionados. ¿Quién pudo ser? ….

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El impacto que causó bucear en la hoistoria del barco me llevó a escribir una novela en memoria de los muertos.

¿Quién tuvo la culpa..., si la hubo?

Durante muchos años estudié el caso del “Olite”, di muchas conferencias y escribí la historia de forma novelada: “Perdidos en la memoria”. En ese tiempo cada vez que trataba de encontrar a los responsables de la muerte de aquellos 1.477 desgraciados me enredaba en mis propias pesquisas. El “modus operandi”, en la línea del quién hizo mal qué y la consiguiente valoración tratando de sopesar y comparar entre sí las decisiones de unos y otros nunca me llevaban a ninguna conclusión, hasta que un día se me encendió la luz: por encima de los que habían tomado decisiones equivocadas había un personaje que se movía entre sombras y había hecho en todo momento lo correcto.

En mi opinión, el principal responsable del hundimiento del “Olite” fue Artemio Precioso, precisamente porque no dio ningún paso en falso, sino todo lo contrario. Consiguió escapar de Capitanía la noche en que Galán fue detenido y, tras deambular perdido toda la noche, llegó a San Javier y se puso al frente de sus hombres para volver sobre Cartagena y sofocar la rebelión de Barrionuevo, llegando a los puntos potenciales de desembarco antes que Moreno. No olvidemos que la guerra no había terminado y hundir buques enemigos formaba parte de sus responsabilidades.

Con el final de la contienda a 25 días vista, el hundimiento del “Olite” fue un desgraciado acto de guerra. No resulta fácil de explicar, sin embargo, lo que, para quien esto escribe constituye una de las mayores felonías de esta historia: el final de los restos del barco y los soldados ahogados en sus bodegas. En 1951, en plena vorágine de la venta de chatarra sumergida, el Estado, propietario del buque hundido, lo vendió a un empresario bilbaíno que lo dinamitó en el fondo del mar para convertirlo en chatarra. Fue terrible, explicaba el jefe de los buzos contratados, con cada explosión salían centenares de cadáveres y huesos que se enterraban de noche y a escondidas en un lugar apartado del cementerio de Cartagena...

Para quien ha visitado en Pearl Harbor y Scapa Flow los pecios del “Arizona” y “RoyalOak”, hundidos ambos en la Segunda Guerra Mundial, y asistido con emoción a los homenajes que a diario se hacen a los cientos de marineros ahogados y que todavía permanecen dentro de los cascos sellados de los buques, el lamentable final del “Olite” constituye una afrenta a nuestra historia que produce repugnancia. Una vez extraídos los mamparos, el buque quedó sometido a la acción de la corriente que arrastró y diseminó buena parte de los restos, quedando únicamente la quilla descansando sobre el fango, con algunas muestras dispersas de la impedimenta de los soldados.

En 2005, con motivo de las obras de ampliación de la refinería de Repsol en Escombreras, se arrojaron sobre estos últimos restos cientos de miles de toneladas de cemento, roca e ignominia. Ese fue el final definitivo del buque y de la memoria los 1.477 soldados, jóvenes en su mayoría, que marchaban jubilosos a Cartagena para celebrar el final de una guerra que les permitiría, al fin, llevar una vida digna como corresponde a cualquier ser humano.

Tras la Guerra Civil el “Olite” se convirtió en una espina, pues representaba un error gigantesco de los ejércitos nacionales. Para hablar del barco y los soldados muertos había que bajar la voz. Los supervivientes se reunieron durante muchos años frente al palo del barco en La Coruña, pero sentían que a sus compañeros perdidos no se les había homenajeado ni recordado nunca como merecían. Empecé esta historia contando cómo en la capilla del Colegio de Huérfanos de la Armada los chavales de mi generación rezábamos por los ahogados del “Baleares” cada seis de marzo, pero no sucedía lo mismo con los del “Olite” al día siguiente. ¿Por qué?

Cerca de la Navidad de 1939 Moreno pidió audiencia a Franco y el general lo recibió en El Pardo. El almirante quería saber si había algo contra él; a su paso la gente bajaba la voz para referirse al “Olite” a sus espaldas y el Caudillo le había saltado para nombrar Ministro de Marina a su hermano menor Salvador. Franco lo tranquilizó y le nombró Capitán General de Cartagena primero y de Ferrol después. A título póstumo se le concedió en 1950 el título de Marqués de Alborán, que hoy llevan sus descendientes. Incluso su bisnieto, el cantante Pablo Alborán, hace honor con su nombre artístico al abuelo, que murió en 1945 siendo Capitán General de Ferrol, consumido por la pena y la impotencia.

Precioso y Guirao consiguieron escapar a Argel en los pocos aviones disponibles que quedaron en el aeródromo de Los Alcázares. Sorprende que no hicieran sitio a Pallarés, que era carne de pelotón de fusilamiento, pero tanto en Cartagena como en Valencia, cuando comenzaron a escucharse los tambores del ejército nacional la consigna fue la del sálvese quien pueda.

Precioso se exilió en la URRS y después en Yugoslavia donde fue director de una escuela militar. Más tarde pasó a Checoslovaquia donde se doctoró en macroeconomía. Siempre fue reacio a hablar del “Olite”, al que recordaba con un sentimiento de pena. Tras la amnistía de 1969 viajó a España donde hizo mucho dinero como representante del cristal de Bohemia. Fue también secretario general de Greenpeace España. Murió en 2003 en Madrid a los 90 años.

Guirao escapó con Precioso y pasó la Segunda Guerra Mundial luchando contra los alemanes en la Resistencia francesa. En 2006, con 93 años, visitó la Parajola, donde dijo no arrepentirse de sus decisiones: "Fui y soy consciente de mis actos; la guerra es la guerra y luché por lo que creí. La República tenía nombre de mujer y machos para defenderla, pero ahora no los tiene". Murió al año siguiente. Paradójicamente y según sus propias palabras, durante mucho tiempo la muerte de Pallarés no le dejó dormir.

No lo recuerdo bien, pero debió ser hacia 1984, con ocasión de mi participación en unos ejercicios antisubmarinos en Cartagena. Estaba anunciado un debate entre Guirao y Precioso en el cine Teatro Circo. Era la primera vez que se encontraban después de despedirse en Argel. A lo largo de una hora se mostraron recelosos el uno con el otro, como los boxeadores que se rehúyen en lugar de buscarse. Sí recuerdo que Guirao recriminó a Precioso el haberse aburguesado, cosa que sentó mal al que había sido su jefe.

José Virgili sobrevivió con muchos huesos rotos, pero no quiso perderse el desfile que se organizó en Cartagena a la llegada de las tropas nacionales. Decía que para eso habían embarcado en Castellón. Su encuentro con el general Camilo Alonso Vega sintetiza lo sucedido en Cartagena aquellos días tan tristes. El general lo conocía y tenía familiaridad con él y al verlo escayolado de la cabeza a los pies le preguntó:

- ¿Qué te ha pasado Pepe?

- Ha pasado, mi general, que nos han engañado como a chinos...

Queda para el análisis personal de cada cual la actuación personal de Guirao respecto a la matanza de 1500 soldados jóvenes con la guerra a punto de terminar. Y pudo ser peor, pues la poderosa Flota republicana se movía por aguas cercanas a las que navegaban en el mismo momento los indefensos barcos de la Expedición Cartagena, y de haber hecho por ellos hubiera podido hundir a cuantos encontrara en sus proximidades, pero el almirante Buiza interpretó que para él la guerra había terminado y prefirió seguir su rumbo para internarse y entregarse en Bizerta con sus barcos. 

Esta historia constituye un homenaje a los soldados, al triste final de los muertos y al no menos triste de los condenados a vivir. A los restos del barco quebrados por la dinamita y a su historia, injustamente silenciada.

Que descansen en paz. Los que puedan.

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José Virgilli. Uno de los últimos supervivientes. Sus palabras resultaron muy aclaratorias a la hora de entender el final del barco.

 

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ALFONSO PANIZO ZARIQUIEY | Respuesta 18.07.2017 18:11

COMO NO ME VA A GUSTAR, SI CUANDO ERA UN IMBERBE CADETE DE PRIMER AÑO, TUVE LA SUERTE DE SER COMISIONADO A VISITAR AL "JUAN SEBASTIÁN" .
MOMENTOS Q NO SE OLVIDA

Juan Carlos Toledo de la Maza | Respuesta 01.10.2015 21:04

Como viejo navegante del Chile austral, hoy al socaire de un tintero, he vibrado con esta emocionante página verdaderamente escrita para marinos.

Luis 03.10.2015 23:12

Muchas gracias desde el otro hemisferio, aunque personalmente nunca he visto rayas ni fronteras en el mar. Saludos

Rafa | Respuesta 13.01.2015 19:06

Fondeado en mi despacho de Tres Cantos, me has emocionado una vez más con este precioso artículo. Me debo estar haciendo mayor! Bravo Zulú, Luis!!

Luis 13.01.2015 19:13

Gracias Rafa. La verdad es que las cosas de este barco nos emocionan a todos. Un abrazo

Carlos Aranda Bel | Respuesta 09.01.2015 10:40

Con cariño y ánimo te deseo lo mejor Luis, gracias por tus grandes apuntes.
Nos vemos.-

ALFONSO PANIZOZARIQUIEY | Respuesta 09.01.2015 01:15

TUVE LA SUERTE DE COMPARTIR CON LOS CADETES ESPAÑOLES MOMENTOS ALEGRES Y MARINEROS, CUANDO LLEGARON AL CALLAO EN 1952. UN VELERO MARINERO COMO POCOS.

Alfonso Mosquera 17.07.2017 18:48

Estimado señor Panizo,

Debo fechar una foto que tengo de mis padres en un agasajo a los visitantes del Elcano al Callao en 1952. ¿Puede Ud. ayudarme? Gracias.

Ramón | Respuesta 08.01.2015 23:08

Preciosa y emotiva despedida del almirante Lapique.

Luis 09.01.2015 08:26

Preciosa a rabiar! Un abrazo

Ver todos los comentarios

Comentarios

03.07 | 21:48

Actualmente estoy leyendo su libro sobre la historia de la navegación. Lo estoy saboreando....la historia de los duros antiguos...
Mil gracias, mi capitán.

...
06.06 | 22:52

Hola soy antiguo electrónico de la Armada, después de leer y oír hablar del Galatea, fui a visitarlo a Glasgow, es una maravilla como lo han recuperado.

...
24.05 | 11:55

Muchas gracias a ti, Pedro, por el comentario. Un abrazo.

...
24.05 | 10:52

Buenos días. Ayer hallé su relato "Sudario de hielo", fascinante propuesta al misterio del San Telmo tras enfrentarse al Cabo de Hornos. Extraordinario. Gracias

...
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