La desastrosa historia del USS Porter

El barco que no quería navegar

Cualquier marino que haya estado destinado en unos pocos barcos lo sabe: los buques no son todos iguales, los hay con madre y los hay malditos, y en definitiva hay barcos que nacen con estrella mientras que otros se empeñan toda su vida en demostrar que nacieron estrellados. Es el caso del USS William D. Porter, cuya historia delirante recibo de Tomás García Figueras a través de un amigo común.

La desastrosa carrera de este barco se inició en noviembre de 1943 con su primera misión. Se trataba de una tarea tan selecta como secreta: formar parte de la escolta del acorazado USS Iowa  en su misión de transportar al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, en su histórico viaje a la reuniones con Stalin y Churchill en El Cairo y Teherán.

Los problemas comenzaron antes de que el destructor abandonase el muelle para reunirse con el resto del convoy, cuando a Wilfred Walter, su comandante, se le olvidó izar completamente el ancla, de manera que cuando comenzó a ciar, esta quedó enganchada en un buque mercante al que estaba abarloado, desgarrando parte de su casco, a pesar de lo cual y en vista de que llegaba tarde el comandante zarpó a toda máquina para ocupar su sector entre la rechifla del resto de dotaciones.

Durante su tránsito por el Atlántico el convoy tendría que navegar por aguas infestadas de submarinos alemanes. A los que, llegado el caso, el Porter tendría que mantener a raya con sus cargas de profundidad. El 12 de noviembre de 1944 una gran explosión sacudió las aguas y todos los barcos tocaron a zafarrancho de combate comenzando a ejecutar las pertinentes maniobras de evasión y defensa, porque era evidente que un submarino enemigo rondaba por allí, sin embargo a los pocos minutos una tímida disculpa de Walter señalaba que había sido una de sus cargas de profundidad que no tenía el seguro puesto y había caído al mar produciendo la explosión. Tras este nuevo incidente, el almirante al mando del convoy ordenó a Walter que acabara con los despropósitos, prometiendo este no volver a protagonizar otro incidente.

Para calmar los ánimos de sus nerviosos marinos, el propio presidente Roosevelt propuso al comandante del Iowa una demostración de sus defensas antiaéreas. Dicho y hecho, se lanzaron al aire varios globos y los cañones del Iowa comenzaron a disparar bajo la atenta y complaciente mirada del presidente de la nación, aunque su mirada se torció cuando arrastrados por el viento algunos globos se acercaron al Porter y este comenzó a dispararles con su artillería. Ansioso por causar una buena impresión el comandante Walter abatió algunos globos, pero entonces se creció y ordenó a su dotación llevar a cabo un simulacro de ataque con torpedos de ejercicio (sin lanzamiento), aunque para calcular correctamente los tiempos de los falsos lanzamientos necesitaban un objetivo y el más cercano era el USS Iowa.

“¡Fuego el uno!” —gritó el responsable a bordo del Porter— y se simuló el lanzamiento del primer torpedo. Comprobado el rumbo que hubiese tomado el torpedo se ordenó el lanzamiento del segundo fiel a los mismos parámetros, sin embargo, cuando se simuló el lanzamiento del tercero se escuchó un silbido y Walter contempló atónito que el torpedo salía del tubo. Acababan de disparar al presidente y el comandante corrió a avisar por radio al Iowa para que cayera rápidamente a una banda, haciéndolo de modo tan brusco que el presidente estuvo a punto de caer de su silla de ruedas.

Walter se disculpó avergonzado pero eso no le sirvió para evitar que su barco fuera expulsado del convoy ni para eludir la ignominia de un Consejo de Guerra, del que, tras las debidas investigaciones, salió absuelto, si bien el marinero que se olvidó de retirar el detonador del tercer torpedo fue condenado a 14 de años de cárcel, pena condonada por el propio Roosvelt en uso de sus atribuciones presidenciales. En cualquier caso el USS Porter quedó proscrito para cualquier misión de alto nivel, siendo enviado a las Islas Aleutianas, donde sus meteduras de pata podrían pasar desapercibidas.

Durante los primeros meses de exilio pareció disiparse la oscura sombra de su embarazoso pasado; todo iba bien hasta que una noche un marinero regresó borracho de tierra y decidió ponerse a jugar con los cañones, abriendo fuego e impactando con un proyectil en el jardín de la casa del comandante de la base, que en aquel momento celebraba una fiesta. Por suerte únicamente causó daños materiales, pero la poca reputación que le quedaba al buque quedó definitivamente agotada. A partir de entonces servir en el Porter era considerado un castigo, aunque como quiera que el final de la guerra se acercaba, todos los barcos eran necesarios en el frente, por lo que el buque volvió a ser reasignado al Pacífico.

Una vez en el frente, y a pesar de los esfuerzos de su nuevo comandante, la reputación del destructor no sólo no mejoró sino que se hundió todavía más cuando acribilló accidentalmente al destructor USS Luce durante los primeros momentos de la batalla de Okinawa. Tras este nuevo incidente el Porter pareció reivindicarse utilizando correctamente sus defensas antisubmarinas y derribando cinco aviones japoneses, aunque, lamentablemente, poco después se supo que también había abatido tres aviones propios.

El final de la historia del destructor parece sacado de la novela más truculenta, pues el 10 de junio de 1945 fue atacado por un avión kamikaze del que se defendió abatiéndolo, aunque sin hacerlo explotar. La dotación estaba eufórica y tal vez por eso nadie se dio cuenta de que el  kamikaze había continuado su trayectoria bajo el agua yendo a explotar justo debajo de la quilla, y tres horas después el USS William D. Porter se hundía para siempre. Sic Transit Gloria Mundi. 

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Luis | Respuesta 20.05.2015 12.19

Te contesto por correo. Un abrazo

Victor San juan | Respuesta 19.05.2015 14.08

Estimado Luis:
Soy Víctor San Juan y me gustaría si pudieras venir a la Feria del Libro de Madrid el próx 31 de mayo para los premios Nostromo. Un cordial salud

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Comentarios

12.06 | 15:51

Acabo de "devorar" el libro.
Sólo puedo dar las gracias por recordar a ese puñado de marineros, que con un par se echaron a la mar en Sanlúcar.

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06.06 | 09:03

No, pero te cobrarán 3 euros a la entrada con lo que podrás tomarte un vino, una cerveza o un refresco. Un saludo

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06.06 | 08:56

¿Hace falta invitación para la presentación en Madrid?

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01.06 | 21:02

Muy interesante

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