Llegaron para quedarse

Isabel Barreto, la primera

A lo largo de la historia ha habido más mujeres de las que pueda creerse que se han desempeñado en el medio marino. Entre todas ellas destaca la pontevedresa Isabel de Barreto, que fue esposa y viuda del leonés Álvaro de Mendaña y corresponsable con su marido de que en su día el Pacífico fuera conocido como el Lago español.

Isabel, junto a otras mujeres, embarcó en la expedición en la que su marido descubrió las islas Salomón y las Marquesas. Muerto Mendaña en la mar, tuvo que tomar el mando de la flota conduciéndola con mano firme a las Filipinas, ejecutando en la horca a un marinero que le desobedeció. Casada en segundas nupcias continuó navegando y estuvo en México, Perú y Chile ostentando galones de almirante.

De entonces a hoy las mujeres han seguido embarcando, aunque en tiempos pretéritos, con alguna excepción, no alcanzaran la justa dimensión que ocupan actualmente en los buques de toda índole en paridad con los hombres.

A partir del siglo XVI se tiene constancia de la presencia en los buques de la época de tres tipos de mujeres: las esposas de los oficiales, sus criadas, y las prostitutas que embarcaban en puerto para el desfogue de los soldados y marineros, del mismo modo que una legión de estas acostumbraba a seguir a los ejércitos por tierra. De entre todas las mujeres embarcadas una alcanzó especial fama, nos referimos a María la bailaora, que se disfrazó de soldado para acompañar al hombre del que estaba enamorada en la galera de don Juan de Austria, que habría de brillar con luz propia en la batalla de Lepanto en 1571.

Otra mujer que se desempeñó a bordo con insólita bravura, aunque disfrazada de hombre, fue Ana María de Soto, a la que mencionábamos días atrás. Es imposible saber cuántas féminas se hicieron a la mar vestidas de hombres, porque los únicos casos conocidos son los de mujeres cuyo verdadero sexo acabó por hacerse público de una u otra forma, como le sucedió a Ana María de Soto, aunque debieron de existir no pocas hembras que navegaron vestidas de hombre y cuya verdadera identidad nunca logró descubrirse.

Pero, ¿cómo fueron capaces de engañar a los hombres? Parece imposible, pues nos referimos a buques en los que el espacio era muy reducido y en todo caso, el hecho de resistir las duras condiciones que conllevaba la vida en la mar no es lo que sorprende, ya que en esas épocas una mujer joven soportaba largas jornadas laborales en tierra en las que se requería la misma energía que en la mar, lo que asombra es cómo podía pasar desapercibido su físico, lo cual, seguramente, fue posible debido a unos rasgos probablemente andróginos que se asemejaban a los de los jóvenes adolescentes, y sobre todo a que la vestimenta del marinero era ideal para ocultar las formas femeninas. Lo único que debían procurar, y eso sólo en el caso de que fueran demasiado prominentes, era vendarse adecuadamente los pechos para ocultarlos debajo de la ropa.

Otro de los problemas al que seguramente tuvieron que enfrentarse a diario era el momento de ir al servicio, que en la mayoría de los buques consistía en un cuchitril extremadamente rudimentario, y conviene aquí recordar que la palabra retrete tiene origen marinero, pues se usaba en los barcos para señalar un espacio pequeño y retirado. En todo caso, se supone que para llevar a cabo esta necesidad las mujeres acudirían a una caja sencilla denominada “asiento de alivio”, que solía usarse para necesidades mayores y gozaba de cierta intimidad, mientras que los hombres sencillamente orinaban por el costado de sotavento, precaución importante para que el viento y la mar no devolvieran a bordo lo que se pretendía proyectar fuera.

Otro problema fisiológico de las mujeres difícil de disimular era el de la menstruación, aunque puede que a las marineras no se les presentara en toda su magnitud debido a la pobreza de la dieta, y en cualquier caso resultaba bastante corriente, dada la dureza de las faenas de la mar, que los marineros manchasen la ropa de sangre.

En cuanto a las razones por las que las mujeres se hacían pasar por hombres para embarcar, en la mayor parte de los casos se debió a necesidades económicas, aunque hubo algunos casos relacionados con las cosas de Cupido y otros, como el de Ana María del Soto, en que se debió a la necesidad de dar cauce a un desbordante espíritu militar…

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Isabel Barreto. La gallega fue la primera mujer almirante de la Armada.

 

También hubo mujeres piratas y de entre todas ellas se tiene a Anne Bonny y Mary Read como su representación más genuina en la piratería en el Caribe, aunque en realidad son sólo la punta de lanza de un elenco mucho más extenso en el que habría que contemplar a otras como la galesa Grace O´Malley, la inglesa Charlotte de Berry, la americana Fanny Campbell y Ann Mills, también inglesa, posiblemente la más cruel y despiadada de todas.

Anne Bonny, nacida Anne Cormic, fue la hija ilegítima que un importante abogado irlandés tuvo con una criada. Con apenas 16 años conoció a James Bonny, un antiguo pirata que merodeaba su casa para robar, escapándose y casándose con él, lo que llevó a su padre a desheredarla. A remolque de su marido, Anne llegó a las Bahamas y allí conoció a Calico Jack que poco a poco consiguió seducirla, lo que llegó a oídos del gobernador, el cual ordenó la detención de los amantes, que antes de ser condenados por conducta inmoral decidieron echarse al mar y abrazar la piratería.

Cuando la joven quedó embarazada Calico la llevó a Cuba y la dejó en manos de unos amigos para que la cuidaran, pero la criatura nació prematuramente y murió, lo que desquició a Anne y la hizo más despiadada. Fue entonces cuando empezó a vestir ropas masculinas. En uno de los barcos que capturaron encontraron un joven de aspecto refinado que resultó ser otra mujer que dijo llamarse Mary Read. A partir de ese momento los tres constituyeron un triángulo sanguinario, que algunos consideran también amoroso, a bordo del navío “Revenge”.

Mary Read nació en Londres y probablemente también fue hija ilegítima fruto de los amores adúlteros de su madre, casada con un marino que pasaba largas temporadas fuera de casa. Durante un tiempo su madre ocultó su nacimiento y cuando murió su hijo mayor la vistió con ropa de chico y la hizo pasar por el niño para no dejar de cobrar un subsidio. Durante su adolescencia fue empleada como paje, vistiendo como un hombre y haciéndose llamar Mark. Incapaz de prolongar la mentira se alistó en la Armada, se enamoró de un compañero, se casaron y abrieron una posada. Cuando murió su marido regresó a la Armada, donde volvió a hacerse pasar por hombre, encontrando muchos problemas en esta segunda ocasión, por lo que desertó y se embarcó para las Indias, pero su barco fue atacado y capturado por Calico.

Hecha prisionera, Anne Bonny descubrió su verdadero género y aunque trataron de mantener el secreto, Calico receló y Anne tuvo que confesarle la verdad, momento a partir del cual pasaron a conformar un trío cuya fama se extendió por los océanos hasta el punto de que el gobernador de Jamaica ofreció una elevada recompensa por su captura, lo que puso a un sinfín de barcos tras su estela hasta que fueron atrapados por el capitán Barnet, conocido cazador de piratas, y conducidos a Jamaica cargados de cadenas.

El epílogo de esta historia es conocido hasta cierto punto, pues si bien es cierto que Calico murió en la horca y que a las dos chicas se les aplazó el juicio dado su estado de buena esperanza, sabemos que Mary murió en prisión víctima de las fiebres y que Anne consiguió salvar la vida, que a partir de ese momento fue completamente opaca y desató todo tipo de leyendas, desde que su padre pagó una fuerte suma al gobernador para regresar con ella a sus campos de Charleston, hasta que se convirtió en amante primero y más tarde esposa del propio gobernador. Acababa de cumplir 21 años.

En la actualidad, aunque todavía muy lejos de la paridad con el hombre, la incorporación de la mujer a la vida en el mar se está asentando cada vez con más fuerza. En la Armada, aunque inicialmente estuvieron vetadas para ciertos destinos como Infantería de Marina o submarinos, hoy tienen abierto el acceso a cualquier especialidad. En la marina mercante también se ven cada vez más mujeres en los puentes y salas de máquinas de los barcos, sobre todo en los de pasaje, y en la deportiva pasa algo parecido, de manera que cada vez es más frecuente encontrar mujeres en las regatas de los grandes cruceros e incluso empiezan a verse barcos tripulados exclusivamente por féminas. El número desciende drásticamente en la marina de pesca, al menos en España, donde sólo el uno por ciento de las personas embarcadas en buques de altura son mujeres, cifra algo por debajo de media europea que se sitúa alrededor del tres por ciento, si bien el número aumenta considerablemente cuando se trata de biólogas o científicas embarcadas.

A falta de normalizar el lenguaje (¿capitán o capitana?, ¿práctico o práctica? ¿Almirante o Almiranta?), la mujer ha irrumpido con fuerza en el ámbito marinero. Y ha venido para quedarse, como no podía ser de otra manera. Estas líneas constituyen un homenaje a todas ellas, principalmente a las pioneras que tuvieron que luchar contra viento y marea, nunca mejor dicho, para hacerse el hueco en el mundo del mar que les corresponde por derecho propio. Bienvenidas.

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La incorporación de la mujer en la Armada es un hecho consolidado y su desempeño tan brillante como el de cualquier hombre.

 

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Comentarios

03.07 | 21:48

Actualmente estoy leyendo su libro sobre la historia de la navegación. Lo estoy saboreando....la historia de los duros antiguos...
Mil gracias, mi capitán.

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06.06 | 22:52

Hola soy antiguo electrónico de la Armada, después de leer y oír hablar del Galatea, fui a visitarlo a Glasgow, es una maravilla como lo han recuperado.

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24.05 | 11:55

Muchas gracias a ti, Pedro, por el comentario. Un abrazo.

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24.05 | 10:52

Buenos días. Ayer hallé su relato "Sudario de hielo", fascinante propuesta al misterio del San Telmo tras enfrentarse al Cabo de Hornos. Extraordinario. Gracias

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