El tesoro inagotable del mar

Ginebra, tatuajes, aretes y otras cosas de la mar

   En junio de 1983 terminaba mi curso de piloto naval en la Base de Rota, y como solíamos hacer algunas mañanas, mi querido amigo Eduardo Vila y yo fuimos almorzar a la residencia de oficiales en el hueco que nos dejaban los vuelos de por las mañanas y las clases teóricas de la tarde. Aquella vez fue distinto, para nuestra sorpresa, sentados en la barra del bar encontramos a dos marinos de alto copete enzarzados en animada discusión: Su Alteza Real Don Juan de Borbón, abuelo de nuestro Rey Felipe, y Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto, que acababa de ascender a contralmirante. Comoquiera que Colón había mandado pocos años antes el “Juan Sebastián Elcano”, donde había tenido a Eduardo a sus órdenes, nos llamaron a ambos a su presencia y después de invitarnos a una copa de lo que no tardamos en descubrir que era ginebra pura y dura (costumbre marinera de tiempos antiguos), nos animaron a participar en la discusión, centrada en los lugares más complicados del globo para la navegación a vela. Y así, mientras el Conde de Barcelona defendía que no había lugar más hostil a la vela que el cabo de Hornos, el Duque de Veragua replicaba que el otrora llamado cabo de las Tormentas, hoy de Buena Esperanza, era el sitio donde el diablo más azuzaba los vientos en contra de los marinos.

   La discusión parecía abocada al empate, pero tuvo Colón la mala idea de mencionar, en tono sarcástico, que las pocas o muchas veces que Don Juan había cruzado el cabo de Hornos lo había hecho en el sentido dulce de la marcha, o sea del Pacífico al Atlántico, y el comentario bastó para que Don Juan asentara sus grandes pies sobre el suelo, se remangara los brazos y mostrara orgulloso los tatuajes que dejaban patente que lo había hecho en el sentido más peligroso y meritorio.

  Efectivamente, junto al cabo de Leeuwin, situado en el extremo suroccidental del continente australiano, los de Hornos y Buena Esperanza constituían en su día la prueba de fuego de los navegantes a vela, pero si atendemos a la densidad de naufragios por milla cuadrada que esconden los fondos del cabo de Hornos, este era, con mucho, el más peligroso de todos, y cruzarlo en dirección al Pacífico constituía una heroicidad; sirva como ejemplo que mientras Blas de Lezo esperaba a Edward Vernon en Cartagena de Indias para llevar a cabo la más audaz defensa naval que vieron los tiempos, otro navegante inglés, George Anson, trataba de cruzar Hornos con cinco barcos para establecer una tenaza por el Pacífico, y sólo después de meses de intentarlo vanamente y perder cerca de quinientos hombres por el escorbuto, decidió renunciar a Hornos y poner rumbo al Pacífico por el otro lado del globo.

  En el Pacífico, después de cabalgar miles de millas, los vientos tropiezan con la enorme muralla de los Andes, pero lejos de rendirse, ascienden lamiendo la cordillera mientras se enfrían y aceleran para terminar entubándose en busca de la salida natural por el sur, el cabo de Hornos, a donde llegan helados y cargados de malas intenciones. Si a esto añadimos la diferencia de niveles entre el Atlántico y el Pacífico, entenderemos que lo que encuentra un navegante en Hornos es un maremagno de vientos salvajes y fríos hasta el punto de que normalmente suelen ir acompañados de fuertes descargas de pedrisco. En esas condiciones, las viradas para ganar el Pacífico eran tan difíciles que los pocos marineros que vencían la furia de tan desatados vientos se les otorgaba la potestad de tatuarse el brazo izquierdo, quedando el diestro reservado a los oficiales, que además ganaban otro derecho, el de orinar a barlovento, con mucho desasosiego para los marineros que sufrían sus micciones.

  Don Juan lucía tatuajes en ambos brazos, señal de que se había ganado el derecho tanto de marinero como de oficial, cosa que refrendó orgullosamente ante nosotros aquella mañana, dando con ello por terminada la discusión ante otro peso pesado de la mar.

  Y aunque Don Juan no lo hiciera, el navegante que consumara la hazaña de doblar Hornos se ganaba otro derecho añadido, el de lucir hasta tres aretes suspendidos de las orejas en una combinación que daba noticia de sus hazañas: oreja izquierda, Hornos; derecha, Buena Esperanza; y dos en la izquierda y uno en la derecha como forma de expresar que se había dado la vuelta al mundo.

  La costumbre de lucir aretes en las orejas llegó al mundo del mar por motivos supersticiosos, a los que tan dados eran los marineros de entonces y aún los de ahora. Algunos de ellos pensaban que los pendientes ayudaban con el mareo y muchos lo llevaban de oro o plata como forma de asegurarse un entierro mirando al cielo, pues si bien cualquiera que encontrara el cuerpo sin vida de un marinero tenía derecho a quedarse con su arete de oro, siempre que diera a su cuerpo cristiana sepultura, faltar a este deber condenaba a los espíritus a vagar errantes por los siglos atormentados por su falta de caridad.

  Hoy en día las modas han hecho que veamos lucir a nuestros jóvenes todo tipo de piercings y argollas en orejas, nariz y prácticamente cualquier parte del cuerpo, algo que sucede también con los tatuajes, sin embargo no hace mucho que este tipo de demostraciones externas se usaban para escenificar actos heroicos, ejecutados muchos de ellos por marineros que desde la llegada de la brújula a Europa procedente de China, comenzaron a aventurarse por todo tipo de mares, dibujando mapas desconocidos hasta entonces: Las Madeira, las Azores más tarde, las islas de Cabo Verde después y así, tras alcanzar el cabo Bojador al sur de Marruecos, los marinos rebasaron al fin el inquietante cabo Non, que significaba el final del mundo conocido: “Quem passara o cabo de Non, voltará ou non…”.

  A partir de ahí, y por mor del Tratado de Tordesillas, los marinos portugueses por Buena Esperanza y los españoles por Hornos, Leeuwin y todos los demás cabos y mares, unos y otros fueron cincelando el mapa del mundo a golpe de sacrificio, añadiendo, eso sí, aretes a sus orejas, tatuajes a su piel y cicatrices en todas las partes del cuerpo, sin otro significado que el de mostrar al mundo que eran hombres valientes que habían viajado a los confines de la tierra y, sobre todo, que habían conseguido regresar.

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Leñanza | Respuesta 18.04.2016 10.04

Exactamente, es un artículo de D. Antonio Burgos.
http://www.antonioburgos.com/abc/2016/02/re022316.html
Gracias por recordar a ese entrañable Legionario

Luis 19.04.2016 08.02

Gracias por confirmar

Miguel | Respuesta 11.01.2016 15.36

Hola Luis
De que madera debe ser el ataud del capitan William Smith? La sal conserva la madera. Exumacion y analisis diria si alguna vez estuvieron sumergidas.

Miguel 12.01.2016 20.17

William Smith se llevo un cepo de ancla del San Telmo para que hicieran un ataúd. ¿y si fué para el suyo? ¿Pasó a la posteridad en una caja de roble español??

Luis 12.01.2016 13.24

No entiendo el planteamiento. ¿Podrías explicarte?

inazio | Respuesta 13.12.2015 20.07

Las argucias de la viuda de Victor Peñasco, también relatadas En el nombre del mar. En la vida real ¿Cuántas habrá parecidas?

Luis 15.12.2015 17.40

El naufragio del Titanic es un poliedro de más de mil naufragios personales...

inazio | Respuesta 04.12.2015 16.50

Hola
Por mediación de Amazon, en 24/h el libro en casa. Y un euro menos de su precio, curioso.
Saludos

inazio 15.12.2015 19.14

No. Mi afición por los temas de la mar, me hace ser un seguidor de sus obras. Coincidiendo ocasionalmente en el foro Marinos Mercantes.

Saludos

Luis 15.12.2015 17.41

¿NO serás pariente del autor?
:)

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Comentarios

22.06 | 17:12

Muchas gracias por el aporte Luis
R galand

...
21.06 | 05:57

mollatis@yahoo.es

...
21.06 | 04:49

quisiera poder escribir algunos comentarios al dueño de esta pagina respecto a este articulo...x mensaje no caben
tienen algun mail????

...
07.06 | 23:26

También da miedo la explosión ocurrida en el Pantalán en San Roque del petrolero Petrogen One y el Camponavio.

...
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